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A R T Í C U L O S
Memorias
del Obelisco
Yo tenía doce años ocho meses y
un día, aquel 27 de noviembre del
'83, y fué la primera vez que dejé
de jugar a la pelota para ir a un
acto político. En realidad no
quería ir, estábamos en medio de
un picado y faltaba la revancha,
pero mi viejo insistió, diciéndome
que esa tarde vería un cacho de
historia, y yo, que nunca la había
visto de frente, pensé que sería
bueno conocerla.
A mi viejo le gustaban esas cosas,
ir a las manifestaciones, digo, y
se jactaba de haberme llevado a
algunas. La que recuerdo hasta
hoy, aunque difusa, es de una
tarde de invierno cuando vivíamos
en la calle 2 de Mayo, a media
cuadra de Rivera, me llevó sobre
los hombros hasta la esquina, a
ver pasar una avalancha de gente
acompañando ataúdes con banderas
uruguayas, tenía 3 o 4 años,
calculo, pero me quedó esa
imagen, no por lo triste, ni por
lo significativo, sino por la
cantidad de colores, un mundo de
colores. Dice mi viejo que fueron
unos estudiantes que mataron, pero
me parece que se confunde, porque
la época de Líber Arce fué por
el '68, y yo nací en 1971. Nunca
supe muy bien quiénes iban
adentro de los féretros, y no me
extraña, porque en esos años
tampoco se sabía quienes estaban
realmente afuera, aunque lo
saludaran a uno cada mañana.
Aquella tarde, el 27 de noviembre,
mi viejo hubiese querido
desenterrar la bandera del Frente
Amplio, que dormía en una caja de
metal bajo el níspero, pero no se
animó, a veces es bravo sacudirse
el miedo. Salimos temprano, un
poco después del mediodía,
caminando a paso rápido las
cuadras que nos separaban del
Parque Batlle, de los Aliados, decía
él; estaba ansioso, empezó a
contarme de cuando militaba en el
Partido Socialista y manifestaban
con los brazos entrelazados por 18
de Julio, de cuando pintaban los
muros y las casas y las cosas que
no se podían pintar, de la vez
que entró la cana y mi vieja no
estaba, y un soldado me agarró de
los tobillos y me sacó de la
cuna, "Si no largás la
dirección de Fulano lo tiro por
el balcón", y menos mal que
mi madre no estaba, porque les
hubiera dado ésa y otras
direcciones, aunque la mayoría de
los conocidos ya estaban presos o
fuera del país.
No solo mi padre estaba nervioso,
o alegre, o que sé yo, todo
Montevideo parecía contagiado por
una fiebre rara, algo que empujaba
a comer apurado, a almorzar antes
de hora o dejar los tallarines
para después, el mundo estaba
alegre aquel domingo, el mundo
menos yo, que solo tenía
curiosidad. El parque era una
locura, algo nuevo para mí, gente
que iba y que venía y que volvía
a pasar, a veces con banderas, a
veces sin nada. Mi padre miró
fijamente hacia los árboles de en
frente, cuando pasábamos por la
pista de Karts un tipo le hizo un
gesto con la mano, un gesto suave.
"Ves aquél que está allá?",
"Si", "Bueno, ése
fué compañero mío en el PS, en
el '70. Estuvo preso mucho tiempo,
se vé que ya salió",
"Y porqué no vas a
saludarlo?", "No...dejá...
ya lo saludé."
El Obelisco era un hormiguero,
algo difícil de explicar, primero
se escuchó una voz grave,
"Artigas", dijo mi
viejo, después supe que fué
Candeau, un actor que
personificaba al "Pepe";
lo oíamos apretados, sin ver
nada, dicen que en esos lugares no
hay que ver, hay que sentir, y mi
padre empezó a sentir de verdad.
Primero se le empañaron los ojos,
después quedó ronco de entonar
el himno a capella, y cuando la
muchedumbre empezó el Se va a
acabar / se va a
acabar...directamente me empujó
unas cuantas filas adelante. Nadie
tenía idea de la cantidad de
gente que había, y menos
nosotros, que estábamos cerca de
18 y Bulevar. No sé cuantos
hablaron, ni quiénes, pero cuando
uno de los políticos se levantó
mi viejo me gritó al oído,
"Ves a aquél
veterano?", "A quién?
Al de bigote?", "No, el
que está al lado", "Ah,
si, si", "Ese es Rodríguez
Camusso, del Partido
Socialista". Alguien debió
verlo también, porque unos
cuantos puños se levantaron
paralelos al Obelisco, mi padre
levantó el suyo reconociéndose y
reconociendo a los demás, y lo
tuvo unos minutos en alto,
buscando caras sin decir nada, por
allá una sonrisa, un tibio ademán,
un grito de vamo' arriba, carajo.
Fué la primer fisura en el bloque
del miedo.
No recuerdo la hora en que nos
fuimos, el acto no había
terminado, como tampoco había
terminado el miedo, pero en la
caminata de vuelta a casa mi viejo
estaba feliz, decía que por mí y
por mi hermana y el país, y
nombraba gente de su época
militante. Dijo que una cagada no
está tu tío, mi hermano, y un
poco se le trancó la voz, porque
a mi tío lo agarraron y le
encajaron tanta picana que murió
en el 81 de cáncer en los testículos,
según el parte. Tipo extravagante
mi tío, que se consideraba
anarquista y se metía en todos
los relajos de la Facultad de la
República, hasta que lo agarraron
con una bomba casera y un fusil
soviético sacado de no sé donde,
y lo reventaron por dentro en
Jefatura y en un Cuartel. Después
le dieron como veinte años de
cana.
Cuando llegamos a casa mi vieja
estaba malísima, que como vas a
llevar al chiquilín, que vos estás
loco, que no te alcanza con el
pasado, pero mi viejo ni bola, se
fué a mirar la tele, a vivir el
replay del principio del fin, en
el informativo.
Ese martes el semanario "Aquí"
sacó una foto impresionante, una
foto aérea del Obelisco del
domingo llamada "Un río de
Libertad". Yo me empecé a
buscar en la multitud, revisando
lo inescrutable para ver si mi
mano, o mi forma, o algo mío
aparecía en el diario. Mi padre
se reía, él no necesitaba
buscarse, era todos y cada uno de
los puntitos en blanco y negro.
Alfredo Gómez. 3/9/2001
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